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ATENCIÓN: CLASE DE CONSULTA, JUEVES 16 HORA 14.00 EN LICEO 20.

HOLA: PARA MUCHOS, FELICITACIONES PORQUE HAN TERMINADO CON ÉXITO EL CURSO Y RECORDARLES QUE ALGUNOS MATERIALES DE LA PÁGINA LES PUEDE SERVIR PARA EL AÑO ENTRANTE.
PARA QUIENES DEBERÁN RENDIR EXAMEN (ENCOTRARÁN LAS PAUTAS Y TEMAS DEL MISMO MÁS ABAJO), TOMEN EN CUENTA QUE EL MISMO NO ES UN CASTIGO SINO UNA OPORTUNIDAD MÁS PARA APRENDER, Y QUE APRENDER ES UNO DE LOS OBJETIVOS MÁS IMPORTANTES DE SU PASAJE POR EL LICEO .
FINALMENTE PARA AQUELLOS QUE DEBAN REPETIR EL AÑO, A INTENTARLO NUEVAMENTE APROVECHANDO ESTOS MESES PARA PENSAR QUE CAMBIOS PUEDEN PERMITIRLES EL AÑO 2011 APROVECHAR MEJOR LOS CURSOS.
A TODOS: SALUDOS Y SUERTE.
Daniel Martirena
PD. de regalo, en el perfil, así era yo en 2º (tenía más pelo como verán)

martes, 6 de abril de 2010

consecuencias de la expansión europea

CONSECUENCIAS GENERALES DE LA EXPANSIÓN EUROPEA

La expansión, que dio como resultado un nuevo mapa del mundo, plan­teó, en las naciones descubridoras, un interrogante: ¿a quién pertenecían las nuevas tierras?

España y Portugal: la puja por el reparto del mundo

Hasta el momento de la expansión se reconocía como un atributo del papa el otorgar la posesión de tierras a los monarcas que, a su vez, se comprometían a difundir en ellas la fe católica. El Tratado de Alcacovas (1480), confirmado por una bula papal, había otorgado a Portugal la po­sesión de las islas Madeira, Azores y Cabo Verde, y la costa africana al sur de las Canarias. Sin embargo, no quedaba claro si incluía también el océa­no. Esta interpretación, defendida por los portugueses, les otorgaba el dominio de las tierras americanas descubiertas.

Después del primer viaje de Colón, los Reyes Católicos se apresuraron para asegurar su dominio sobre las nuevas tierras, recurriendo al papa Ale­jandro VI, de origen aragonés. Este se expidió por medio de la Bula Inter­caetera (1493). La imprecisión de este documento y los reclamos de Por­tugal obligaron a acordar una nueva delimitación por medio del Tratado de Tordesillas (1494). Este tratado, firmado entre dos monarquías (los re­yes de España y el de Portugal), sin intervención pontificia, ponía de mani­fiesto el creciente poder de las monarquías europeas frente al Papado.

Los nuevos circuitos de intercambio

La expansión proporcionó, a los mercados europeos, nuevos produc­tos antes desconocidos (maíz, papa, tabaco, cacao), que se incorporaron al consumo y, al mismo tiempo, aumentó la cantidad de mercancía prove­niente del tráfico con Oriente: sedas, especias, etcétera.

La conquista de la costa africana hizo posible, a su vez, la generaliza­ción del tráfico de esclavos. Los metales preciosos estimularon el cre­ciente comercio, e hicieron más poderosos a los centros mercantiles que controlaban los nuevos circuitos de intercambio. De esta forma, el comer­cio se enriqueció en cantidad y variedad de productos que circularon, por primera vez, a escala mundial. Así, el comercio a través del Atlántico ad­quirió una importancia decisiva.

Los Estados que participaron en la expansión y aumentaron sus domi­nios jugaron un papel preponderante en la política de su tiempo y aumen­taron las rivalidades entre ellos. Las ciudades y los puertos por medio de los cuales fluía el nuevo comercio fueron el asiento de una burguesía mer­cantil y financiera cada vez más rica.

Por otra parte, el incremento de los intercambios impulsó el desarrollo y perfeccionamiento de la industria naviera, el mejoramiento de los puertos y la expansión de las manufacturas europeas. La expansión de­terminó también un enorme adelanto en los conocimientos geográficos, astronómicos y de las Ciencias Naturales.

La mentalidad del hombre europeo fue sacudida violentamente por una nueva imagen del mundo. No solo se confirmó la esfericidad de la Tierra, si­no que se demostró que la superficie del planeta y la cantidad de continen­tes eran mayores. Las especias animales y vegetales resultaron ser enorme­mente variadas y las culturas y costumbres humanas muy diversas entre sí.


Varios mundos y un mercado

El principal resultado económico de la expansión europea hacia ultra­mar fue la iniciación del proceso de formación de un mercado mundial. Por primera vez en la historia, un solo sistema de intercambios fue abar­cando, poco a poco, todo el planeta.

Durante el siglo xvi, se conformó una red de navegación que conectó, en forma cada vez más directa y frecuente, territorios lejanos, antes ais­lados: China e India, México y Perú, África y Filipinas. Todos los territorios quedaron vinculados al centro neurálgico del comercio mundial: el occi­dente europeo. Así, Lisboa y Sevilla se transformaron en los puertos pri­vilegiados; Amberes y Amsterdam, en los más importantes centros finan­cieros y comerciales.

El comercio ganó en amplitud geográfica pero también multiplicó sus valores y sumó objetos de intercambio.

La economía comercial y monetaria europea transformó a nuevas regiones, en su mercado y fuente de aprovisionamiento. Cada zona man­tuvo sus formas de organización productiva y sus técnicas tradiciona­les, pero reorientadas ahora hacia el comercio. En varias regiones del planeta se practicaron nuevas actividades económicas, adoptadas de otros continentes, y se utilizaron técnicas y mano de obra también traí­das de afuera.

De esta forma, durante el siglo xvi, se sentaron las bases para la unifi­cación económica del mundo a través de la acción del comercio euro­peo. Por ello, en los países atlánticos de Europa, los grupos mercantiles adquirieron un peso social cada vez mayor, al convertirse en los dirigen­tes del comercio mundial.

Nuevas economías y nuevos imperios

Las oportunidades que abría la economía acrecentaron la competen­cia entre los Estados modernos en formación; cada uno necesitaba incrementar su participación en el comercio mundial (pues de ello dependía su poderío en Europa), asegurarse el control exclusivo de determinadas zonas, excluyendo a sus competidores, y obtener los recursos necesarios para financiar los crecientes gastos del aparato estatal.

Primero, España y Portugal. Luego -a medida que superaban sus conflic­tos internos- los otros estados atlánticos (Francia, Holanda e Inglaterra) se lanzaron a la empresa de transformarse en el centro de vastos imperios coloniales.

En el nuevo escenario mundial, España y América tenían una ubicación especial. El continente americano tenía la función de proveer al merca­do mundial, de metales preciosos en cantidades antes nunca vistas. Esto dio sustento al poderío español del siglo xvi.

Durante varias décadas, España fue el punto de entrada de la enorme masa de metálico americano y se convirtió en el gran intermediario del comercio internacional.

Pero la magnitud de sus deudas y las crecientes importaciones hicie­ron que la mayor parte de esta riqueza fluyera fuera de sus fronteras.

Tomado de HISTORIA II Lá época Moderna en Europa y América. Roger Geymonat y otros Ed Santillana, Montevideo 2001

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